La tradición alrededor de los amasijos santandereanos: un abrebocas
Quien amanece en Bucaramanga o en cualquier pueblo de la región, tarde o temprano se cruza con la misma escena: una panadería que agrupa residentes alrededor de un corto perímetro y una bandeja que entra y sale del horno cargada de arepas, almojábanas, roscones y mogollas. Ahí, en esa rutina, hay casi dos siglos de historia.
Amasijo Santander
Algo de historia: cuando el trigo se encontró con el maíz
La panadería santandereana se fue tejiendo cuando el trigo y otros ingredientes europeos llegaron a estas montañas y se mezclaron con la dieta indígena basada en maíz y yuca.
El resultado no fue una simple copia del pan europeo, sino una familia de productos propios, híbridos, o “mestizos” — como el término se terminó arraigando hasta hoy: panes que combinan técnicas traídas de España con ingredientes locales y la creatividad campesina.
El resultado prodigioso: la arepa santandereana.
Si hay un símbolo indeleble de esta tradición, es la arepa santandereana. No es la típica arepa blanda de maíz blanco que se ve en otras regiones. Aquí toma otra forma y otro carácter.
Arepa santandereana con caldo de huevo: la combinación perfecta. Imagen tomada de Pinterest.
Fuentes locales recuerdan que, por tradición, se prepara con maíz pelado (maíz al que se le retira la cáscara), chicharrón molido, yuca, mantequilla, a veces queso, y se asa hasta quedar delgada y crujiente. Esa combinación de maíz, grasa de cerdo y tubérculos la convierte en un alimento contundente, perfecto para desayunos largos, jornadas de trabajo físico… o para acompañar un café especial en una mañana sin prisa.
Sin temor a pecar de arrogantes (otro rasgo típico del santandereano, pero eso es tema de otra entrada), nos atrevemos a decir que la arepa santandereana es la madre de las arepas en Colombia, y se acomoda en el top 3 de Sudamérica…
Con el tiempo, esta arepa pasó del tiesto de barro en patios familiares a una pequeña industria regional que hoy exporta el sabor santandereano a otras ciudades de Colombia.
Mogollas, mestizas y roscones: la otra cara del horno
La tradición panadera santandereana también se reconoce en los panes de trigo. La mogolla, por ejemplo, es un pan dulce o semi-dulce de origen colonial que puede hacerse con harina de trigo o de maíz y admite variaciones como la mogolla chicharrona, rellena de pequeños trozos de chicharrón. En el oriente colombiano, la categoría de “mogollas” agrupa muchos panes redondos, densos, que acompañan el café de olla o el chocolate espeso.
El roscón colombiano, por su parte, tiene raíz en la tradición española, pero se adaptó a la mesa local como un pan dulce relleno de bocadillo- el dulce de guayaba emblemático de la región — o crema, con una miga suave y corteza dorada. En Santander, el roscón convive con otros clásicos de mostrador: cucas, rosquetes, mojicones, cada uno con ligeras variaciones según el pueblo.
Almojábana: una historia que viajó muy lejos
La almojábana es otro de los grandes personajes del desayuno santandereano, aunque su historia empieza lejos de aquí. El término proviene del árabe al-muyabbana (“la que tiene queso”) y está documentado en recetarios españoles desde la Edad Media. Con el tiempo la preparación viajó a América y en Colombia se popularizó a partir del siglo XIX, con registros tempranos en Soacha, cerca del Salto del Tequendama.
En Santander, la almojábana adoptó un sello propio: masa ligera, quesuda, horneada hasta que la corteza se quiebra apenas entre los dedos. Es, quizá, el puente perfecto entre la historia global del pan y la identidad local del queso y el maíz.
Cómo vivir la tradición panadera santandereana si vienes de viaje
Para un visitante, esta tradición no se conoce en teoría, se vive en tres momentos muy concretos:
A primera hora de la mañana
Cuando las panaderías de barrio abren, alrededor de las siete de la mañana (sí, Colombia es un país madrugador). Es el mejor momento para probar arepa santandereana recién asada, almojábana tibia o una mogolla dulce con café.A media tarde
Muchos santandereanos prefieren un “algo” a eso de las 4 o 5: pan, café, conversación corta. Es un momento ideal para observar la vida de barrio y entender cómo estos lugares funcionan como pequeños centros sociales.Antes de viajar a otro destino de Santander
Si vas a tomar bus hacia San Gil, Barichara, Zapatoca o cualquier destino de aventura, es casi ritual comprar “pan para el camino”: mestizas, roscones, cucas. Es la merienda oficial del trayecto.
Casa 59 y el desayuno que empieza en la panadería del barrio
Para los huéspedes de Casa 59, la tradición panadera santandereana puede integrarse muy prácticamente a la rutina, cualquiera que sea la razón de su estadía. Muy cerca de la casa de huéspedes hay panaderías donde el horno está encendido desde antes de que el sol se asome y el mostrador nunca está completamente vacío.
La lógica es simple: trabajar, estudiar o asistir a un evento en Bucaramanga es distinto cuando el día se inaugura con una arepa santandereana bien tostada, una almojábana de queso o un café especial acompañado de pan recién horneado.
Casa 59 no produce pan (estamos en eso), pero sí algo igual de importante: un punto de partida. Desde aquí puedes:
salir caminando temprano a explorar panaderías de barrio y cafés de especialidad;
combinar una mañana de trabajo remoto con una pausa de media tarde frente a una taza de café santandereano y un pan local;
llevar en la memoria — y en la maleta — el sabor de una tradición que no se transmite en libros, sino en la miga, el olor y el primer bocado.
Para algunos viajeros, Santander es aventura, montaña y adrenalina. Para otros, también es eso que pasa en silencio detrás del mostrador de una panadería: una historia larga, amasada muchas veces, que sigue creciendo cada día en los hornos del barrio.